
Gracias a ello pudimos disfrutar de él casi a solas, lo que le daba al castillo una atmósfera especial. Nos sentimos casi como exploradores recorriendo sus numerosos pasillos, habitaciones y patios. Había sitios que era necesario tirar de linterna porque estaba muy oscuro y no teníamos antorchas como la gente de antaño.
El castillo me gustó mucho. Está en un estado bastante salvaje, pero te ayuda a hacerte una idea de cómo era vivir allí.

En una de las salas, de una forma totalmente espontánea, Pollo y yo fuimos iluminados por una luz medio divina que dejó claro que somos los elegidos. No sé para qué, pero elegidos.

Foto de Miguel de Pereda
A la salida del castillo nos dimos una vuelta por las calles comerciales de la ciudad. El paisaje era totalmente distinto al que habíamos visto por la noche. Ahora las aceras estaban llenas de gente cargada con paquetes, las tiendas ofrecían sus productos de dudosa calidad y los conductores se armaban de paciencia para llegar al final de la calle mientras eran esquivados por peatones poco atentos.
Pollo despertó la simpatía de no pocos habitantes de Karak, como se puede ver en la siguiente foto.

Foto de Miguel de Pereda
Tras comprar una caja de dulces árabes que nos duraría hasta el final del viaje, partimos dirección norte, hacia el Mar Muerto. Tras una (otra) pelea con el GPS y con el coche lleno de moscas (impresionante la cantidad que hay en la costa del Mar Muerto) encontramos la playa.
Todo eso que dicen de que en el Mar Muerto flotas más porque hay mucha sal y tal... ¡Es verdad! No te hundes ni queriendo. Puedes levantar brazos y piernas, puedes dar vueltas como un tronco y ahí sigues, flotando sobre la superficie del agua. Creo que es lo más parecido a la sensación de ingravidez que se puede experimentar sobre la superficie terrestre.

Foto de Miguel de Pereda
Otra de las atracciones del Mar Muerto son los baños de barro, que prometen rejuvenecerte la piel y dejártela suavecita como el culito de un bebé. Mi madre lo probó y le dio el visto bueno al invento, así que algo de cierto tendrá.
Era gracioso ver a la gente con el cuerpo cubierto de un barro negro color alquitrán.

Foto de Miguel de Pereda
Tras una larga ducha para quitarnos toda la sal del cuerpo, emprendimos camino hacia Madaba para pasar allí la noche. Pero antes de partir, el sol nos regaló otro bonito atardecer sobre las tranquilas aguas del Mar Muerto.
