miércoles, 24 de noviembre de 2010

El desierto del Wadi Rum

Después de habernos pateado Petra dormimos como angelitos. Por la mañana debíamos seguir ruta hacia el desierto del Wadi Rum. De camino las pasamos canutas para encontrar una gasolinera y después regresar a la carretera. Nuestra Señora del GPS se empeñaba en mandarnos por calles cortadas y/o llenas de escombros. Se ve que los mapas del GPS de Jordania no están muy currados.

Finalmente llegamos al Centro de Visitantes del Wadi Rum. Allí contratamos una excursión en "Jeep" por el desierto con uno de los conductores locales. El coche no tenía desperdicio. ¿Quién dijo que las cintas ya no se usan?


Menos mal que los trayectos eran cortos. Nuestro conductor, Eid, se pasaba todo el rato cantando. En cada parada se juntaba con su hermano y sus primos (dijo que en su pueblo sólo había una familia) a tocar una especie de guitarra, cantar y tomar té beduino, al que nos invitaban cada vez.

Foto de Miguel de Pereda


Foto de Miguel de Pereda

Hicimos varias paradas para subir a una duna de arena, ver unas inscripciones, hacernos fotos sobre los arcos de piedra...



Foto de Miguel de Pereda


Foto de Miguel de Pereda


Foto de Miguel de Pereda

Para el atardecer llegamos al campamento donde pasaríamos la noche. Era bastante precario, pero qué le vamos a hacer... esto es el desierto, pero no estamos en Las Vegas.

Al menos la cena estuvo buena. Eso, o teníamos mucha hambre. Después de cenar fuimos a dar un paseo a la luz de la luna. Sólo estaba en cuatro creciente, pero se veía perfectamente sin necesidad de linterna. El ambiente con la iluminación lunar y las mil estrellas en el cielo me hicieron armarme de valor para pasar la noche al aire libre. Antes le habíamos preguntado al Beduino si había serpientes, a lo que contestó nada tranquilizadoramente que "sólo en verano". Pollo se quedó dentro de la tienda con mis padres.

Finalmente no me comió ningún bicho y con ayuda de un buen par de mantas no pasé frío. A eso de las 2 am me despertó una ráfaga de aire frío, abrí los ojos y puede ver que la luna se había escondido, dejando al descubierto aún más estrellas. No llegué a contarlas porque me quedé dormido de nuevo, pero más de 100 había.

Por la mañana vimos amanecer, desayunamos y partimos hacia Karak, ciudad famosa por su castillo.


Por el camino queríamos visitar la reserva natural de Dana. Llegamos al pueblo de Dana, preguntamos por las opciones y nos pusimos a andar por una cuesta súper empinada. Nos metimos una buena paliza, sobre todo para subir.


Más tarde nos enteramos que reserva natural no era eso, sino que se visitaba desde otro sitio, más a delante en la carretera. Por curiosidad nos acercamos a ver, aunque ya no teníamos tiempo para más. Nos encontramos la zona tan llena de basura por todas partes que daba asco verlo. Parece que no nos perdimos nada.


Justo cuando anochecía llegamos a Karak. Lo primordial era encontrar hotel y darnos una ducha. Después de tanto paseo por el desierto y de pasar la noche en el suelo, creo que tenía area en cada uno de los poros de mi cuerpo.


Una vez limpitos, dimos una vuelta por el centro, cenamos en un sitio majo (después de tanto desierto, apetecía) y nos fuimos a dormir.

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