miércoles, 17 de marzo de 2010

Aventuras en el fin del mundo: Ushuaia

Nuestra visita a Ushuaia prometía emociones fuertes desde el comienzo. Ya en el avión, cuando acelerábamos en la pista de despegue, a un pasajero mayor le dio algún tipo de ataque y empezo a convulsionar mientras un héroe vestido de azafato hacía lo posible por salvarle la vida y gritaba llamando a algún médico abordo.

Al final lograron estabilizar a John (así se llamaba), pero tuvimos que abortar el despegue con el consiguiente retraso. Después de eso, el azafato-héroe se creció e intentó encandilar al pasaje con una frase tipo Horatio Caine: "¡Ahora, ni me tosan!" ;-)

Este es él:


El vuelo, que incluía escala en la ciudad del viento Río Gallegos, fue un auténtico suplicio, sólo amenizado por unas partidas de escoba y una argentina de buen ver con la que compartíamos fila de asientos. Lástima que el único que intimó con ella fue Pollo, como siempre.


En Ushuaia nos esperaba mi amigo Manu, que nos agasajó con unas sabrosas empanadas para cenar. El alojamiento no era el Ritz, pero nos hemos acabado acostumbrando. A todo menos a la ducha, que por la pinta y lo helada que salía el agua, no invitaba mucho a la higiene. Menos mal que en Ushuaia se suda más bien poco... Lo positivo es que hemos aprendido a valorar las pequeñas cosas, como tener un espejo en el baño o un colchón encima del somier.

Tengo que decir que Ushuaia está en un lugar precioso, rodeada de montañas nevadas y junto al canal Beagle, que comunica el Atlántico con el Pacífico. Lo único malo es que está todo en cuesta y que está donde Cristo perdió la sandalia. Me recordaba a Miraflores de la Sierra.


En Ushuaia el tiempo cambia de nevando a solecito cada 5 minutos, pero en general hemos tenido suerte salvo un día que estuvo lloviendo.

El primer día visitamos el presidio, origen de la colonización de Ushuaia, y cogimos un catamarán para visitar las islas con los pingüinos, leones marinos y el famoso "faro del fin del mundo". En el barco conocimos a una guía que sonreía más que nuestra compañera María José. Impresionante. Los pingüinos también estaban bien. Para cenar degustamos el cordero patagónico, que es como el de Segovia, pero que al matarlo dice: "¡Che boludo, me rompiste las pelotas!".


El sábado no hicimos nada por culpa de la lluvia, pero por la noche salimos de juerga a un 'boliche' con Manu. Le dimos "caña a la castaña" para recordar viejos tiempos.

El domingo un (más de la cuenta) resacoso Manu nos llevó a ver el lago Escondido y nos dejó en la estación del telesilla que lleva a la lengua de un glaciar. Miguel nunca había visto un glaciar y yo nunca había montado en telesilla, así que estábamos los dos emocionados. El paisaje arriba es espectacular. Cuando estábamos volviendo colgados en el telesilla, empezó a nevar a lo bestia. Cuando bajamos parecíamos el Yeti.


El lunes lo dedicamos a visitar el Parque Nacional de Tierra de Fuego, que es sin duda lo que más nos ha gustado. Además nos hizo muy buen día. Hicimos unas cuantas rutas disfrutando de los increíbles paisajes del fin del mundo. Como nos lo habíamos ganado, nos metimos entre pecho y espalda otro cordero patagónico. Redondeé la noche ganando al PES al 'pechofrío' de Manu.


A pesar de la humillación sufrida, hoy nos ha llevado al aeropuerto, donde nos hemos emplazado a un nuevo reencuentro en tierras polacas.

Próxima estación: El Calafate.

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