El domingo me desperté pronto porque a las 10 tenía que dejar el hotel cápsula. Mi próximo destino era
Koyasan, un pueblo lleno de templos perdido en lo alto de una montaña.
Crucé toda la ciudad para llegar a la estación de Osaka. La noche anterior me acosté tarde, así que no me costó mucho dormirme en el primer tren. Aún así, agunté despierto lo suficiente para que se me pusiera cara de tonto cuando el tren paró en una estación muy cerca de donde pasé la noche. Después cogí un sengundo tren, en el que también me dormí. En Hashimoto tenía que coger otro tren de otra compañía para que me llevase hasta el remoto Koyasan. Busqué el andén y me senté a esperar el tren. Cuando llegó, Pollo me metió prisa para montarnos, ya que estaba deseando llegar pronto a nuestro destino porque estábamos bastante cansados y se empezaba a hacer tarde como para visitar el pueblo antes de que se pusiera el sol.
Pero al parecer la diosa fortuna no estaba de nuestra parte, ya que a poco de ponerse el tren en marcha, me di cuenta de que nos habíamos montado por equivocación en un tren exprés que iba en dirección contraria, hacia Osaka. El nuestro iba a pasar por ese andén, pero 5 minutos más tarde. Que fuese exprés significa que sólo paraba en algunas estaciones y para colmo, al ser un tren de otra compañía, no me valía mi Japan Rail Pass y temí que me hiciesen pagar el precio del billete (que son bastante caros). Por supuesto me enfadé con Pollo por haber metido la pata de esa forma.
Al menos tuvimos suerte en que el tren paró a la segunda estación, donde aprovechamos para bajarnos. Allí tuvimos que esperar media hora hasta que pasó el tren de vuelta. Cuando llegó, nos subimos. Íbamos ya tan tranquilos, cuando llegó la revisora y me preugntó si tenía billete para ir en ese tren, ya que era un tren especial
Limited Superexpress. Le puse cara de pena, le conté toda la historia, Pollo le echó unos piropos y la amable señorita no me hizo pagar nada. Eso sí, nos hizo bajarnos en la siguiente estación (Hashimoto, de la que habíamos partido) para que esperásemos al tren normal que nos correspondía.
Otra media hora esperando y en trayecto eterno pero espectacular entre las montañas. Por último, hay que coger un funicular y un autobús para llegar al pueblo de Koyasan. Casi nada. Había salido del hotel a las 10 de la mañana y llegué a la oficina de información de Koyasan a las 16:30. Allí me consiguieron alojamiento para dormir en uno de los templos, que es a lo que la gente va a allí. Sólo quedaban plazas en uno, porque esta semana hay fiestas en Japón y todos los sitios turísticos están a rebosar. No llega a haber plazas y me suicido.

El templo era muy bonito y estaba compuesto de tres módulos: uno principal donde está la recepción y los salones para comer, otro más pequeño en el que están las salas en las que se celebran las ceremonias de los monjes y por último el edificio en el que están las habitaciones de los huéspedes.

Al poco de llegar se celebró una ceremonia a la que los huéspedes están invitados. Se trataba de una ceremonia de meditación. Después de unas palabras en japonés e inglés, estuvimos todos meditando en silencio, sentados en el suelo. Al principio me relajé después del ajetreado viaje pensando en todas las cosas que me han pasado en estas dos semanas, todo lo que he visto, la gente que he conocido, etc. Pero después de media hora, ya había probado todas las posturas posibles y mi espalda ya no aguantaba más. Además, como no había comido por el lío de los trenes y sabía que al acabar la ceremonia vendría la cena, estaba ansioso de que aquello terminase.

Afortunadamente terminó y pasamos al salón para cenar. Allí ya estaba servida una cena vegetariana propia de los monjes budistas de la secta shingon, que son los que fundaron el pueblo de Koyasan y regentan los templos. Debo decir que la comida estaba muy buena, sobre todo una tempura de verduras con una especie de polvo de wasabi.
Al terminar la cena, nos dirigmos a nuestras habitaciones. Yo me di un relajante baño en el baño estilo japonés y me tumbé en la cama a leer un rato. A las 21:30 ya se me cerraban los párpados del cansancio y como a la mañana siguiente había ceremonia nada menos que a las 6, apagué la luz y me quedé dormido. Esta vez no me importó que la cama fuera un futón encima del tatami.
Por la mañana ha habido otra ceremonia, esta vez más animada. Primero han estado media hora los monjes cantando algo muy repetitivo. Durante los cantos, todos los presentes teníamos que ir pasando a un caldero con incienso para hacer algo. Yo no veía bien lo que hacía la gente y además estaba de los primeros, así que cuando me ha tocado he tenido que improvisar. Me he echado el humo del incienso encima, como he visto que hacía la gente en la entrada de los templos. Luego me he dado cuenta de que lo he hecho mal y que lo que había que hacer era echar al caldero una especie de polvos. Bueno, para la próxima vez ya lo sé.
Después el monje líder ha contado unas historias que me han inspirado enormemente... más que nada porque las ha contado en japonés y yo me he tenido que montar mi película paralela en la cabeza para no aburrirme, intentando que los gestos que hacía tuviesen sentido. Al terminar, nos han servido el desayuno y he salido a visitar el pueblo.
Uno de los lugares de interés es el cementerio. Según dicen, es el que más tumbas tiene del mundo, y eso que el pueblo es pequeñito. Esto se debe a que los japoneses envían a Koyasan uñas, dientes o cabellos de sus difuntos para que los entierren cerca de la tumba del fundador de la secta shingon y que así su alma permanezca cerca de la suya.

También hay una pagoda muy colorida en un complejo de templos al otro lado del pueblo.

Y como no podía faltar, he tenido mi ración innecesaria de jardín zen, aunque he de reconocer que este es el que más me ha gustado. Es un jardín enorme y no se ve ni una pisada. Tiene que ser interesante ver cómo hacen los dibujos.

Dado por finiquitado Koyasan, he emprendido camino a Tokio, ya que hoy era el último día en el que podía usar el Japan Rail Pass. He tenido que cambiar de tren en Hashimoto, estación que me traía malos recuerdos. Pero ahora me traerá peores, gracias a que he perdido el tren de enlace por un minuto y me ha tocado esperar una hora al siguiente.
Al menos he provechado para salir a comer. Podría decir que Hashimoto es el pueblo más feo de Japón y no creo que me equivocase. Estaba casi abandonado, apenas había tiendas en las que comprar algo de comer y lo único interesante que vi fue a este grupo de chavales tirando de un carro:

Y por fin, después de nueve horas de viaje y de equivocarme de albergue en el que tenía reserva (vaya dos días llevo, menos mal que he llamado para confirmar), he llegado a Tokio, la última estación del viaje. Aquí me quedaré dos días antes de volver a casita...