jueves, 24 de septiembre de 2009

El último día en Tokio

Bueno, pues hoy ha sido mi último día en Japón. Han sido algo más de dos semanas de viaje, pero por todo lo que he hecho, visto, conocido, comido y bebido, tengo la sensación de que llegué a Japón hace dos meses.

Después de la salida nocturna de ayer, hoy me he despertado tarde. Así de paso me voy acostumbrando al horario español. He salido del albergue y he ido dando un paseo hacia Akihabara con la intención de comprarme un nuevo y flamente reproductor MP4. Espero que con él se acaben las burlas que suscitaba el antiguo.

Por el camino he pasado por una especie de mercadillo, donde hemos encontrado al primo japonés de Pollo. Se llama Pollo-san y es muy majo, aunque bastante ruidoso.


He hecho una parada técnica en un maid cafe, que es una especie de cafetería en la que las camareras van vestidas de sirvientas y les dicen tonterías a los clientes poniendo "voz de anime" (voz de pito, para que nos entendamos). Estaba prohibido hacer fotos, pero yo he robado esta:


Allí esperaba encontrarme grupos de hombres, pero todo lo contrario. La clientela la conformaban sobre todo parejas. Incluso había una madre con su hija. A mí no me ha convencido demasiado el lugar, sobre todo porque al no saber japonés, no me enteraba de nada de lo que decían las chicas.


En Akihabara es normal ver por la calle a chicas disfrazadas repartiendo publicidad o invitando a los clientes a entrar en sus establecimientos.


Se pueden encontrar tanto megatiendas de varias plantas con lo último en tecnología, como pequeñas tiendas de artículos de segunda mano, componentes de electrónica, tiendas especializadas en vigilancia o iluminación... Estas pertenecen al segundo grupo:


Una vez terminadas las compras, inicié el camino de vuelta al albergue. Como me pillaba de paso, paré en la zona del templo Senso-ji, que ayer no puede disfrutar como se merece por la cantidad de gente que había. Por la noche estaba mucho más tranquilo, y los templos iluminados tienen su magia.


He estado dando una vuelta por allí, callejeando, viendo los puestos... De repente, me he encontrado caminando por una callecita poco iluminada en la que había un montón de indigentes. Llevaba la cámara de fotos en la mano, la mochila y pinta de turista a tope, pero ni siquiera se me ha acercado nadie. Aquí los indigentes van a su bola, nunca te piden nada ni te molestan. Esto puede dar una idea de lo seguro que es Japón. Si en esa calle no me ha pasado nada, difícilmente me pasará en ningún otro sitio.

Como ayer salí tan satisfecho del restaurante de sushi, hoy he decidido repetir experiencia para cenar. En el sitio al que he ido hoy no había la típica cinta por la que van pasando los platos, sino que había que pedirle lo que quisieras al cocinero directamente. Otra diferencia es que las raciones eran de una sola pieza de sushi en vez de dos, como son normalmente. Para compensar, los trozos de pescado eran enormes. Supongo que es mejor porque así no te llenas tanto de arroz.

En esta foto se ven dos piezas de atún, dos de salmón y una de anguila:


Para cerrar la cena y por lo tanto el viaje, he pedido una pieza del atún más caro de la carta. Se diferencia del atún normal en que tiene vetas de grasa, como si de jamón serrano se tratase. Desde luego se trata de un manjar digno del mismísimo Poseidón. En la foto podéis verlo. A mí todavía se me hace la boca agua al recordarlo.


Ahora estoy en el albergue haciendo tiempo para que llegue la hora de ir al aeropuerto. Prefiero no dormir para luego poder dormir en el avión. A ver si me sale bien la jugada.

¡Nos vemos en Madrid!

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tokio y la visita a Sony Jr.

En el primero de los dos días dedicados a Tokio decidí empezar por una visita al templo de Senso-ji, el más antiguo y más importante de Tokio. Como el albergue no está lejos, me di un paseito de algo más de media hora hasta allí. En Tokio está haciendo bastante calor y la humedad no ayuda. Cuando llegué, este es el aspecto que presentaba el templo:


Bonito, ¿verdad? Para colmo de males, lunes, martes y miércoles de esta semana son fiesta nacional en Japón, por lo que todas las atracciones turísticas están llenísimas de gente y el templo de Senso-ji no podía ser una excepción.


La entrada al templo es gratuita, pero a la entrada hay una caja en la que la gente hace sus donaciones. Con la cantidad de gente que había y el ruido de las monedas, aquello parecía una caja registradora gigante.

A la salida del templo hay un mercado con un montón de puestos de comida, ropa, souvenirs... Hay muchas cosas curiosas, pero había tanta gente que era demasiado agobiante como para pasear, así que no le dediqué mucho tiempo.


Seguí camino hacia el sur, hacia la ciudad de la electrónica: Akihabara. Se trata de una zona llena de tiendas de electrónica y de manga y anime. Estuve bastante rato yendo de tienda en tienda comparando precios, ya que ha llegado la hora de jubilar mi viejo iPod. También entré (por motivos estríctamente turísticos) a un sex-shop japonés que tiene cinco plantas (pequeñas, eso sí) repletas de artículos de todo tipo. Lo que vi allí no puedo reproducirlo en estas líneas, ya que estamos en horario infantil.

Cuando ya estaba cansado de ver tiendas, continué bajando hacia la estación de Tokio y el barrio de Ginza, que es donde se encuentran las tiendas más caras de Tokio. Giorgio Armani, Dior y demás marcas no tienen simples tiendas aquí, sino edificios enteros.

También en Ginza se encuentra el famoso cruce con los pasos de cebra en diagonal:


Pero el motivo de mi vista a Ginza no era otro que el de entrar en el edificio de Sony. Tienen varias plantas dedicadas a los productos más recientes e incluso artículos que todavía no han salido al mercado, como un robot con forma de huevo que reproduce música mientras baila por la casa, nuevos reproductores MP4, un aparato en el que se coloca una cámara y es capaz de buscar caras y hacer una foto cuando la persona sonríe... También tuve el placer de admirar una televisión de nada menos que 120 pulgadas, casi tan grande como la de Barney.


Contemplé la opción de quedarme a vivir en el edificio de Sony, pero los estrictos horarios de cierre me echaron para atrás. En su lugar, decidí convertirme en el mejor amigo de Sony Jr. (el hijo del Sr. Sony). A la salida llamé al telefonillo para ver si el susodicho podía bajar a jugar, pero lamentablemente parece que no estaba en casa. Seguramente habría salido para poder usar todos esos cacharros portátiles que tiene. Habrá que esperar a la próxima vez...

Me dirigí a la zona del mercado de pescado para cenar sushi. Aprovechando que estaba en la zona de la bahía de Tokio hice algunas fotos nocturas a los edificios.


Buscando un restaurante de sushi di con uno que tenía una cola de unas 20 personas elegantemente vestidas en la puerta. Lo que me sorprendió es que en ese momento pasó un ratón por delante de la puerta y la gente, en vez de asustarse o darle asco, se reía. Estos japoneses, tan limpios y pulcros para unas cosas y tan guarros para otras.

Al final cené en otro sushi bar que también tenía cola (de lo que deduje que sería bueno), pero no tanta. Me di un buen homenaje de despedida probando todo tipo de pescados. Estoy muy orgulloso de mí mismo porque tuve mi primera conversación en japonés. Fue con el cocinero para pedirle unas piezas de atún. La cosa fue así:

Héctor: Sumimasen...
Cocinero: Hai.
H: O-Toro.
C: ¡O-Toro!

Que traducido sería algo como:

Héctor: Disculpa...
Cocinero: Sí.
H: Atún del bueno.
C: ¡Atún del bueno!

Estuvo todo buenísimo y me puse las botas. En particular ese atún estaba de vicio. Se te desacía en la boca... mmmmm...

Por la noche salí por la zona de Roppongi, pero eso ya es otra historia...

martes, 22 de septiembre de 2009

El templo de Koyasan y la estación maldita de Hashimoto

El domingo me desperté pronto porque a las 10 tenía que dejar el hotel cápsula. Mi próximo destino era Koyasan, un pueblo lleno de templos perdido en lo alto de una montaña.

Crucé toda la ciudad para llegar a la estación de Osaka. La noche anterior me acosté tarde, así que no me costó mucho dormirme en el primer tren. Aún así, agunté despierto lo suficiente para que se me pusiera cara de tonto cuando el tren paró en una estación muy cerca de donde pasé la noche. Después cogí un sengundo tren, en el que también me dormí. En Hashimoto tenía que coger otro tren de otra compañía para que me llevase hasta el remoto Koyasan. Busqué el andén y me senté a esperar el tren. Cuando llegó, Pollo me metió prisa para montarnos, ya que estaba deseando llegar pronto a nuestro destino porque estábamos bastante cansados y se empezaba a hacer tarde como para visitar el pueblo antes de que se pusiera el sol.

Pero al parecer la diosa fortuna no estaba de nuestra parte, ya que a poco de ponerse el tren en marcha, me di cuenta de que nos habíamos montado por equivocación en un tren exprés que iba en dirección contraria, hacia Osaka. El nuestro iba a pasar por ese andén, pero 5 minutos más tarde. Que fuese exprés significa que sólo paraba en algunas estaciones y para colmo, al ser un tren de otra compañía, no me valía mi Japan Rail Pass y temí que me hiciesen pagar el precio del billete (que son bastante caros). Por supuesto me enfadé con Pollo por haber metido la pata de esa forma.

Al menos tuvimos suerte en que el tren paró a la segunda estación, donde aprovechamos para bajarnos. Allí tuvimos que esperar media hora hasta que pasó el tren de vuelta. Cuando llegó, nos subimos. Íbamos ya tan tranquilos, cuando llegó la revisora y me preugntó si tenía billete para ir en ese tren, ya que era un tren especial Limited Superexpress. Le puse cara de pena, le conté toda la historia, Pollo le echó unos piropos y la amable señorita no me hizo pagar nada. Eso sí, nos hizo bajarnos en la siguiente estación (Hashimoto, de la que habíamos partido) para que esperásemos al tren normal que nos correspondía.

Otra media hora esperando y en trayecto eterno pero espectacular entre las montañas. Por último, hay que coger un funicular y un autobús para llegar al pueblo de Koyasan. Casi nada. Había salido del hotel a las 10 de la mañana y llegué a la oficina de información de Koyasan a las 16:30. Allí me consiguieron alojamiento para dormir en uno de los templos, que es a lo que la gente va a allí. Sólo quedaban plazas en uno, porque esta semana hay fiestas en Japón y todos los sitios turísticos están a rebosar. No llega a haber plazas y me suicido.


El templo era muy bonito y estaba compuesto de tres módulos: uno principal donde está la recepción y los salones para comer, otro más pequeño en el que están las salas en las que se celebran las ceremonias de los monjes y por último el edificio en el que están las habitaciones de los huéspedes.


Al poco de llegar se celebró una ceremonia a la que los huéspedes están invitados. Se trataba de una ceremonia de meditación. Después de unas palabras en japonés e inglés, estuvimos todos meditando en silencio, sentados en el suelo. Al principio me relajé después del ajetreado viaje pensando en todas las cosas que me han pasado en estas dos semanas, todo lo que he visto, la gente que he conocido, etc. Pero después de media hora, ya había probado todas las posturas posibles y mi espalda ya no aguantaba más. Además, como no había comido por el lío de los trenes y sabía que al acabar la ceremonia vendría la cena, estaba ansioso de que aquello terminase.

Afortunadamente terminó y pasamos al salón para cenar. Allí ya estaba servida una cena vegetariana propia de los monjes budistas de la secta shingon, que son los que fundaron el pueblo de Koyasan y regentan los templos. Debo decir que la comida estaba muy buena, sobre todo una tempura de verduras con una especie de polvo de wasabi.

Al terminar la cena, nos dirigmos a nuestras habitaciones. Yo me di un relajante baño en el baño estilo japonés y me tumbé en la cama a leer un rato. A las 21:30 ya se me cerraban los párpados del cansancio y como a la mañana siguiente había ceremonia nada menos que a las 6, apagué la luz y me quedé dormido. Esta vez no me importó que la cama fuera un futón encima del tatami.

Por la mañana ha habido otra ceremonia, esta vez más animada. Primero han estado media hora los monjes cantando algo muy repetitivo. Durante los cantos, todos los presentes teníamos que ir pasando a un caldero con incienso para hacer algo. Yo no veía bien lo que hacía la gente y además estaba de los primeros, así que cuando me ha tocado he tenido que improvisar. Me he echado el humo del incienso encima, como he visto que hacía la gente en la entrada de los templos. Luego me he dado cuenta de que lo he hecho mal y que lo que había que hacer era echar al caldero una especie de polvos. Bueno, para la próxima vez ya lo sé.

Después el monje líder ha contado unas historias que me han inspirado enormemente... más que nada porque las ha contado en japonés y yo me he tenido que montar mi película paralela en la cabeza para no aburrirme, intentando que los gestos que hacía tuviesen sentido. Al terminar, nos han servido el desayuno y he salido a visitar el pueblo.

Uno de los lugares de interés es el cementerio. Según dicen, es el que más tumbas tiene del mundo, y eso que el pueblo es pequeñito. Esto se debe a que los japoneses envían a Koyasan uñas, dientes o cabellos de sus difuntos para que los entierren cerca de la tumba del fundador de la secta shingon y que así su alma permanezca cerca de la suya.


También hay una pagoda muy colorida en un complejo de templos al otro lado del pueblo.


Y como no podía faltar, he tenido mi ración innecesaria de jardín zen, aunque he de reconocer que este es el que más me ha gustado. Es un jardín enorme y no se ve ni una pisada. Tiene que ser interesante ver cómo hacen los dibujos.


Dado por finiquitado Koyasan, he emprendido camino a Tokio, ya que hoy era el último día en el que podía usar el Japan Rail Pass. He tenido que cambiar de tren en Hashimoto, estación que me traía malos recuerdos. Pero ahora me traerá peores, gracias a que he perdido el tren de enlace por un minuto y me ha tocado esperar una hora al siguiente.

Al menos he provechado para salir a comer. Podría decir que Hashimoto es el pueblo más feo de Japón y no creo que me equivocase. Estaba casi abandonado, apenas había tiendas en las que comprar algo de comer y lo único interesante que vi fue a este grupo de chavales tirando de un carro:


Y por fin, después de nueve horas de viaje y de equivocarme de albergue en el que tenía reserva (vaya dos días llevo, menos mal que he llamado para confirmar), he llegado a Tokio, la última estación del viaje. Aquí me quedaré dos días antes de volver a casita...

lunes, 21 de septiembre de 2009

Día de relax en Osaka

Después de tantos viajes en tren y autobús, largos caminatas, visitas a innumerables templos y juergas varias en territorio nipón, decidí dedicar el sábado a relajarme y descansar. Así pues, me levanté a las 2 pm (me había acostado a las 7:30 am) y me quedé en el hotel cápsula, disfrutando de sus cómodos sillones, del spa y de la sauna. Cuando el hambre me obligó a salir de mi guarida, aproveché para visitar el castillo de Osaka, que está en un parque al este de la ciudad.


Del castillo sólo es reseñable la torre (ver foto), pero el ambiente que había en el parque hizo que el paseo mereciese la pena. Al parecer había un concierto esa noche en el estadio que está también dentro del parque, por lo que en los alrededores habían montado varios puestos de comida. Aproveché para tomarme unos takiyakis, que son una especie de croquetas redondas rellenas de pulpo.


De vuelta a la zona de Dotombori estuve intentando reflejar en fotos el ambiente que se vive estando allí. Es difícil, ya que hay mucho moviento y era ya de noche, pero aquí hay una muestra.


Para que os hagáis una idea de la cantidad de gente que hay, mirad estas fotos de un par de calles comerciales.


Este es el punto neurálgico de la movida de Osaka. Se trata de un puente que cruza el canal. A ambos lados hay enormes anuncios luminosos, entre ellos el famoso cartel del corredor japonés que ganó una maratón.


Aunque aún era por la tarde, ya empezaban a parecer japoneses con las pintas que lleva la gente por la noche. Atentos al bolsito del tío:


Y aderezando todo esto, la banda de Wendy Sulca tocando en el canal ante el entregado público japonés:


Esa noche salí de marcha con un koreano que conocí en el hotel cápsula y que también andaba de viaje por aquí. Le pregunté cuántos años tenía y me dijo que creía que para mí tenía 28, pero que no estaba seguro porque por lo visto en Korea, cuando naces ya tienes dos años. ¿Se les adelantará a nuestros 28 la temida crisis de los 30? Tampoco se creía que en España tuviésemos un mes entero de vacaciones al año, ya que ellos sólo tienen cinco días y hasta hace tres años incluso trabajaban los sábados. Pobrecillos...

sábado, 19 de septiembre de 2009

Edición Especial: El wáter del futuro

Señoras y caballeros, aquí están las esperadas imágenes del wáter japonés. El futuro ha llegado para hacernos más placentero el momento de evacuar. Como diría Homer Simpson: "Nos llevan años de ventaja". De hecho, para ellos no estamos en el año 09, sino en el 21.


A simple vista parece un wáter normal con un panel de control a un lado, pero el invento esconde mucho más. También se aprecia en la parte superior una especie de fuentecilla. De esa fuente sale agua cuando tiras de la cadena y ese agua sirve para llenar la cisterna. Por lo tanto, puedes aprovechar ese agua para lavarte las manos. Ecológico, ¿verdad?

Pero vamos a lo verdaderamente importante: los botones que puedes tocar. Hay diferentes versiones, pero todos suelen tener un botón para iniciar el chorrete que limpia lo que todos hacemos (excepto las supermodelos), otro exclusivo para las chicas y otro para parar. No sé cómo lo hará, pero suele atinarte bastante bien.


También suele haber botones para regular la potencia del chorro limpiador y en algunos puedes cambiar el ritmo con el que sale el agua. Seguramente cuando esto llegue a España, podremos limpiarnos al ritmo de Paquito el chocolatero.

También se puede regular la temperatura, tanto del agua como del asiento. A mí personalmente no me gusta que la taza esté caliente, porque da la sensación al sentarte de que el wáter ha sido usado muy recientemente.

Elegí ese wáter para hacerle la foto porque incorpora una opción que no había visto en ningún otro, que no es otra que la de simular el sonido de tirar de la cadena. Puedes hasta subir y bajar el volumen. ¿Qué utilidad tiene? Pues aún no se me ha ocurrido. ¿Alguna idea?

El hotel cápsula de Osaka

Ayer debía abandonar Kyoto después de cuatro días (incluyendo la visita a Nara), pero antes de coger el tren a Osaka, di un último paseo por la ciudad. Andando, andando, llegué a la puerta del castillo. El día que fui estaba cerrado y aunque no tenía muchas ganas de hacer visitas culturales, me decidí a entrar. No es que la visita sea gran cosa, pero hay unos relieves en madera alucinantes. Dentro no dejan hacer fotos, así que os tendréis que conformar con ver los jardines:


A la vuelta del paseo me metí en el último templo de Kyoto. De verdad que ya estaba harto, pero sindo patrimonio de la humanidad (como todo por aquí) y gratis, me dio no sé qué no entrar.


Recogí los bártulos del albergue y me monté en el tren, rumbo a Osaka. El trayecto es muy corto. En el tren bala apenas se tarda 14 minutos entre las dos ciudades.

En Osaka no tenía dónde dormir porque todos los albergues a los que había llamado estaban llenos. Quería probar uno de esos hoteles cápsula, y como hay uno cerca de la zona animada de Osaka, decidí probar suerte. Afortunadamente había camas libres, me registré y empecé a investigar cómo funcionan este tipo de hoteles.


En primer lugar te obligan a dejar todas tus cosas en una taquilla, ya que no se permite llevar nada a las habitaciones. Esto es lo más incómodo, sobre todo porque mi mochila cabe en la taquilla a duras penas.

Pero por lo demás el hotel está muy bien. En la taquilla te dejan una especie de pijama que te tienes que poner para estar en el hotel. En el sótano hay unos baños japoneses, con jacuzzi y sauna. Era justo lo que mi maltrecho cuerpo necesitaba después de dos semanas de patearme medio Japón. Fue en una sauna a 80ºC, viendo un episodio de Shin-Chan en la tele, rodeado de japoneses viejos desnudos, cuando mi mente entró en simbiosis con este extraño país. Al salir de la sauna hay una sala parecida al camerino de los actores, con secador de pelo, lociones de todo tipo, gel fijador, máquinas de masaje... Yo pasé de eso y me fui directo a la sala de los sillones, en la que te puedes echar una siestecita viendo la tele.

La cápsula en sí no es tan pequeña como pensamos. Debe de medir al menos 1 x 1 x 2 metros. De hecho, hay más sitio que si duermes en el piso de abajo de una litera. Además, como no llevas nada más que el pijama, nada te estorba. Como se ve en la foto de abajo, tiene hasta tele. La caja que hay debajo es para echar monedas para el porno.


Por la noche fui a cenar a un buffet libre de sushi. Aunque me puse morado, creo que no merece la pena porque el sushi no es tan bueno como el de los sushi bar normales. Al salir me di un paseo para bajar la cena y me encontré con un grupo de españoles que están trabajando en Japón. Amablemente me invitaron a unirme a su grupo, así que me fui con ellos a una discoteca que se llama Pure. Estuvo divertido, pero era un sitio bastante para guiris. A ver si esta noche voy a un sitio más japonés.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Pero mira qué grande es el gran Buda de Nara

Hoy tocaba excursión a Nara. La visita se puede hacer en el día desde Kyoto. De camino he parado en Fushimi Inari para visitar un santuario sintoísta famoso porque sus caminos están cubiertos por innumerables toris.


El recorrido total creo que eran unos 4 km, pero como no tenía mucho tiempo y parecía que todo el rato era igual, yo sólo he hecho un trozo. Aún así ha merecido mucho la pena la visita. En las partes del camino en las que hay mucho tráfico, han puesto un doble camino de toris:


Deshecho el camino, he vuelto a coger el tren para seguir ruta hacia Nara. Lo más interesante de Nara es su parque, que está lleno de ciervos. No es por nada que el ciervo es el símbolo de la ciudad.


Dentro del parque hay un templo en el que se encuentra una estatua gigante de Buda. Es impresionante de lo grande que es. Mide 15 metros de altura. Según le he oído decir a un guía, tardaron dos años en fundir el cobre que utilizaron para construir la estatua.


Dentro del templo hay una columna que tiene en la base un agujero. No sé si dará suerte o qué, pero los niños hacen cola para pasar por él. He hecho una foto, pero parece más una escena de una película de terror japonesa que una atracción turística:


Harto de tanto parque y tanto niño gritando por todas partes, he estado dando un paseo por el centro histórico de Nara. Son todo casas bajas, muchas de madera, a ambos lados de las calles estrechas.


Hay una casa típica que se puede visitar por dentro y además es gratis. Esta vez he llegado justo antes de que cerraran.

De camino a la estación he parado a comer algo en un restaurante. He comido algo que se llamaba Mix-Moden. Estaba más bueno de lo que parece por la pinta que tiene:


Ahora me voy a duchar y ya veré si hay algún plan por aquí para salir esta noche, que es la última que voy a pasar el Kyoto.

Kyoto II: sin rastro del protocolo

Ayer lo dediqué a la zona oeste de Kyoto. La primera parada fue el bosque de bambú. Como su propio nombre indica, es un bosque formado por troncos gigantes de bambú. Bueno, creo que son gigantes, porque no conozco el tamaño estándar del bambú. Al menos es más grande que el bambú de la ternera con bambú y setas chinas.

Estos días estoy conociendo tanta gente que directamente doy por imposible recordar sus nombres y mentalmente les pongo apodos. Mientras recorría el bosque de bambú me encontré con un chico de Portland con el que coincidí en el albergue de Osaka y al que había apodado "el mono", ya que se al reirse enseñaba los dientes como un los monos. Nos saludamos y acto seguido no se le ocurre otra cosa que preguntarme que si había visto algún mono por allí. Me aguanté la risa como pude y le dije que no. Me dijo que había visto un cartel prohibiendo alimentar a los monos. Pobre, se morirá de hambre...


Siguiendo el camino me encontré con este pájaro que estaba intentando pescar algo. Con un poco de paciencia conseguí cazarle en pleno ataque:


Me volví a subir al tren, esta vez para dirigirme a visitar el templo estrella de Kyoto y creo que de todo Japón, que no es otro que el templo dorado que no recuerdo cómo se llama:


La mujer que sale a mi lado es una espontánea que quería salir conmigo en la foto. Como su amiga era la que tenía mi cámara, no le pude decir que no.

La visita a este templo está llena de excursiones de colegios. Hay pequeños Shin-Chanes por todas partes, todos vestidos igual, con su sombrerito amarillo. Cuando iba a entrar, un grupo de niños me saludó y yo amablemente les devolví el saludo. Acto seguido, uno de los niños me pidió que le chocase las cinco: "Touch! Touch!". Por su puesto le choqué y a partir de ahí vino la locura, ya que TODOS los niños de la clase querían chocar las cinco con el atractivo occidental. Uno por uno (y eran unos 30) fueron chocando ante la estupefacta e impotente mirada de sus profesores. Incluso cuando hubieron acabado vinieron cuatro o cinco de otro grupo. Ya sé cómo se siente Cristiano Ronaldo cuando sale a comprar el pan.

De vuelta a la estación de tren entré en otro templo que es patrimonio de la humanidad. Resulta que el único motivo de ese honor es un jardín zen que tiene dentro.


Y con esto he superado con creces mi presupuesto vitalicio para gastar en cosas zen.

Japonsejo: procura comprobar la hora de cierre de los sitios antes de meterte la pateada.

Ya de vuelta en Kyoto fui a visitar el castillo de Nijo. Para mi desgracia, cerraba en 5 minutos, así que lo dejaré para la próxima vez que venga a Kyoto. Para sacarle partido a la caminata, hice la visita de rigor al metro de Kyoto:


Con este y el de Osaka ya sumo un total de 29 metros. Cuando monte en el de Tokio la semana que viene, llegaré a la mágica cifra de 30 metros visitados. ¡Y los que me quedan!

Después de descansar y darme una ducha en el albergue, me animé a salir a cenar y dar una vuelta por el centro. Al parecer los jóvenes kyotinos (?) acostumbran a juntarse a charlar, tomar algo, tocar música y divertirse en la orilla del río, como si del Sena de París se tratase. Allí conocí a un grupo de japoneses extranjeros que me invitaron a unirme a su grupo. Con el que más hablé fue con un japonés de 1,90 m que se llamaba Shin-Chan, como el de los dibujos. Iba un poco borracho porque se estaba bebiendo una botellita de vino blanco japonés que olía a rayos. Curiosamente he encontrado una imagen que refleja perfectamente su situación:


El resto del grupo lo formaban una pareja de japoneses, otro japonés que hablaba "un poquito" de español, un francés con un tambor que hablaba japonés y un tipo de California que era un poco corto. Después se unió un español que era un imbécil y que también hablaba japonés. Después del río fuimos a un club cercano que se llama Metro. El sitio estaba muy bien, pero la mitad éramos extranjeros, lo que le resta encanto.

Japonsejo: no vayas a un bar que salga en la Lonely Planet esperando que sea genuinamente japonés.

martes, 15 de septiembre de 2009

De paseo por Kyoto

Hoy me he pasado el día paseando por Kyoto. He salido del albergue a las 10 y he vuelto a las 8. Ahora mismo no siento las piernas.

Por la mañana ha llovido un poco, pero afortunadamente ha parado y no ha vuelto a llover en todo el día. Eso sí, el cielo ha estado nublado y feo.


Kyoto es una ciudad llena de templos. Mires hacia donde mires, hay un templo. Al princpio los coges con ganas, pero al quinto ya decides centrarte en los que son patrimonio de la humanidad o salen con letras gordas en el mapa.

Tendría que mirar en el mapa cómo se llaman todos los sitios en los que he estado para escribirlos aquí, pero me da pereza y seguramente a vosotros os dé igual, así que pondré todas las fotos una detrás de otra.

Aquí estoy en el primer templo que he visitado:


Aquí un personaje rezando en la calle:


Una geisha en toda regla:


El menda con unas futuras geishas:


Al parecer los monjes se niegan a pagar las facturas de la luz, así que el cartero se las deja en unos arbolitos que tienen a la entrada:


El jardín zen que ha inspirado a tantos otros:


De vuelta al albergue por las calles de Kyoto:


Hoy he cenado en un sushi bar y me he puesto morado. Los platitos con un par de piezas de sushi van circulando por la barra y tú vas cogiendo los que te apetezcan. Al final pagas tanto como platos vacíos tengas en tu sitio. Cada plato cuesta 1€.

Voy a ver si ha terminado la secadora...