domingo, 12 de diciembre de 2010

El castillo de Karak y el Mar Muerto

A la mañana siguiente nos convertimos en los primeros visitantes del día del castillo de Karak.


Gracias a ello pudimos disfrutar de él casi a solas, lo que le daba al castillo una atmósfera especial. Nos sentimos casi como exploradores recorriendo sus numerosos pasillos, habitaciones y patios. Había sitios que era necesario tirar de linterna porque estaba muy oscuro y no teníamos antorchas como la gente de antaño.

El castillo me gustó mucho. Está en un estado bastante salvaje, pero te ayuda a hacerte una idea de cómo era vivir allí.


En una de las salas, de una forma totalmente espontánea, Pollo y yo fuimos iluminados por una luz medio divina que dejó claro que somos los elegidos. No sé para qué, pero elegidos.

Foto de Miguel de Pereda

A la salida del castillo nos dimos una vuelta por las calles comerciales de la ciudad. El paisaje era totalmente distinto al que habíamos visto por la noche. Ahora las aceras estaban llenas de gente cargada con paquetes, las tiendas ofrecían sus productos de dudosa calidad y los conductores se armaban de paciencia para llegar al final de la calle mientras eran esquivados por peatones poco atentos.

Pollo despertó la simpatía de no pocos habitantes de Karak, como se puede ver en la siguiente foto.

Foto de Miguel de Pereda

Tras comprar una caja de dulces árabes que nos duraría hasta el final del viaje, partimos dirección norte, hacia el Mar Muerto. Tras una (otra) pelea con el GPS y con el coche lleno de moscas (impresionante la cantidad que hay en la costa del Mar Muerto) encontramos la playa.

Todo eso que dicen de que en el Mar Muerto flotas más porque hay mucha sal y tal... ¡Es verdad! No te hundes ni queriendo. Puedes levantar brazos y piernas, puedes dar vueltas como un tronco y ahí sigues, flotando sobre la superficie del agua. Creo que es lo más parecido a la sensación de ingravidez que se puede experimentar sobre la superficie terrestre.

Foto de Miguel de Pereda

Otra de las atracciones del Mar Muerto son los baños de barro, que prometen rejuvenecerte la piel y dejártela suavecita como el culito de un bebé. Mi madre lo probó y le dio el visto bueno al invento, así que algo de cierto tendrá.

Era gracioso ver a la gente con el cuerpo cubierto de un barro negro color alquitrán.

Foto de Miguel de Pereda

Tras una larga ducha para quitarnos toda la sal del cuerpo, emprendimos camino hacia Madaba para pasar allí la noche. Pero antes de partir, el sol nos regaló otro bonito atardecer sobre las tranquilas aguas del Mar Muerto.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El desierto del Wadi Rum

Después de habernos pateado Petra dormimos como angelitos. Por la mañana debíamos seguir ruta hacia el desierto del Wadi Rum. De camino las pasamos canutas para encontrar una gasolinera y después regresar a la carretera. Nuestra Señora del GPS se empeñaba en mandarnos por calles cortadas y/o llenas de escombros. Se ve que los mapas del GPS de Jordania no están muy currados.

Finalmente llegamos al Centro de Visitantes del Wadi Rum. Allí contratamos una excursión en "Jeep" por el desierto con uno de los conductores locales. El coche no tenía desperdicio. ¿Quién dijo que las cintas ya no se usan?


Menos mal que los trayectos eran cortos. Nuestro conductor, Eid, se pasaba todo el rato cantando. En cada parada se juntaba con su hermano y sus primos (dijo que en su pueblo sólo había una familia) a tocar una especie de guitarra, cantar y tomar té beduino, al que nos invitaban cada vez.

Foto de Miguel de Pereda


Foto de Miguel de Pereda

Hicimos varias paradas para subir a una duna de arena, ver unas inscripciones, hacernos fotos sobre los arcos de piedra...



Foto de Miguel de Pereda


Foto de Miguel de Pereda


Foto de Miguel de Pereda

Para el atardecer llegamos al campamento donde pasaríamos la noche. Era bastante precario, pero qué le vamos a hacer... esto es el desierto, pero no estamos en Las Vegas.

Al menos la cena estuvo buena. Eso, o teníamos mucha hambre. Después de cenar fuimos a dar un paseo a la luz de la luna. Sólo estaba en cuatro creciente, pero se veía perfectamente sin necesidad de linterna. El ambiente con la iluminación lunar y las mil estrellas en el cielo me hicieron armarme de valor para pasar la noche al aire libre. Antes le habíamos preguntado al Beduino si había serpientes, a lo que contestó nada tranquilizadoramente que "sólo en verano". Pollo se quedó dentro de la tienda con mis padres.

Finalmente no me comió ningún bicho y con ayuda de un buen par de mantas no pasé frío. A eso de las 2 am me despertó una ráfaga de aire frío, abrí los ojos y puede ver que la luna se había escondido, dejando al descubierto aún más estrellas. No llegué a contarlas porque me quedé dormido de nuevo, pero más de 100 había.

Por la mañana vimos amanecer, desayunamos y partimos hacia Karak, ciudad famosa por su castillo.


Por el camino queríamos visitar la reserva natural de Dana. Llegamos al pueblo de Dana, preguntamos por las opciones y nos pusimos a andar por una cuesta súper empinada. Nos metimos una buena paliza, sobre todo para subir.


Más tarde nos enteramos que reserva natural no era eso, sino que se visitaba desde otro sitio, más a delante en la carretera. Por curiosidad nos acercamos a ver, aunque ya no teníamos tiempo para más. Nos encontramos la zona tan llena de basura por todas partes que daba asco verlo. Parece que no nos perdimos nada.


Justo cuando anochecía llegamos a Karak. Lo primordial era encontrar hotel y darnos una ducha. Después de tanto paseo por el desierto y de pasar la noche en el suelo, creo que tenía area en cada uno de los poros de mi cuerpo.


Una vez limpitos, dimos una vuelta por el centro, cenamos en un sitio majo (después de tanto desierto, apetecía) y nos fuimos a dormir.

¡Jordania, allá vamos!

Empieza un nuevo viaje. Esta vez toca pasar una semana larga en Jordania, partiendo desde Egipto. A la ya clásica pareja Héctor-Pollo, se han unido mis padres, que vinieron a visitarme a El Cairo.

Llegamos por la mañana al aeropuerto de Ammán, donde recogimos el coche de alquiler. El primer choque cultural fue que en Jordania los coches no están pitando continuamente como en El Cairo, lo que me hace difícil saber por dónde vienen los demás vehículos. Tendré que usar los retrovisores como antiguamente.

Una vez nos hicimos con el coche, emprendimos camino a Petra. Por el camino pudimos observar la gran cantidad de 'nada' que hay en el desierto.

Foto de Miguel de Pereda

Llegamos sin muchos problemas a Wadi Musa (el pueblo junto a Petra), dejamos el equipaje en el hotel y nos fuimos a ver la Pequeña Petra, que es como la versión de Petra para niños. Está bien y el atardecer allí es bonito, pero después de ver Petra, de eso casi ni me acuerdo.



Foto de Miguel de Pereda

De lo que sí me acuerdo es de mis vaqueros que pasaron a mejor vida allí por hacer el ninja entre las rocas. Bonito agujero el que apareció en la zona de la entrepierna.

Casualmente esa noche organizaban lo que llaman 'Petra by night' y no nos lo quisimos perder. Se trata de una visita nocturna a Petra en la que iluminan con velas el cañón de la entrada y la explanada frente al 'Tesoro' (la fachada que sale en la peli de Indiana Jones). El recorrido por el cañón (Siq) es impresionante. Después hacen un miniespectáculo que sirve para justificar el precio de la entrada y poco más.


Al día siguiente madrugamos para ver Petra de día. Volvimos a recorrer el cañón, pero esta vez pudimos apreciarlo en toda su magnitud, incluyendo muchos detalles que por la noche habíamos pasado por alto. Al aproximarse el final, se comienza a ver la imponente fachada que ocupa casi todas las portadas de las guías y folletos de Jordania. Ni el olor nauseabundo del pis que soltó el camello que teníamos al lado consiguió arruinarme ese momento mágico.


Nos metimos una buena paliza por la ciudad, subiendo y bajando montañas todo el día, pero mereció la pena. Yo creía que Petra era la fachada famosa y tres restos menores, pero nada que ver. Aquello es una ciudad completa, con infinidad de edificios (o fachadas, mejor dicho) y hasta un teatro. Uno se pregunta cómo sería Petra en sus tiempos de máximo apogeo y le dan ganas de viajar en el tiempo para comprobarlo.

Foto de Miguel de Pereda



Durante todo el día pudimos comprobar cómo Pollo no ha perdido tirón, sobre todo entre los niños. Más de uno me pidió que lo sacase de la mochila, desde donde asomaba la cabecita, y muchos niños me lo intentaron comprar.

Foto de Miguel de Pereda


Foto de Miguel de Pereda

- Give me! Give me!
- No, sorry - les decía yo.
- How much?
- Pero a ver niña, ¿tú venderías a tu hermano, por ejemplo?
- ... How much?
- Pues eso.


Nota: Durante este viaje he compartido cámara con mi padre, Miguel. Intentaré indicar qué fotos no son mías, siempre que la memoria no me juegue malas pasadas.

lunes, 10 de mayo de 2010

Death Road

Como ya habíamos visto bastantes cosas de Argentina y Bolivia, y el viaje se aproximaba a su fin, decidimos que era un buen momento para poner nuestras vidas en peligro. Nuestro objetivo, nada menos que descender en bicicleta la carretera más peligrosa del mundo: La Paz - Coroico. Dicen que mueren en ella entre 200 y 300 personas al año (motivos aquí), aunque al parecer las cifras están infladas.

Nos despertamos bien temprano y nos llevaron en furgonetas hasta el comienzo de la ruta. Por el camino tuvimos un problema con el carnet de conducir de nuestro chófer, que al parecer era falso. Su argumentación era que había sido la propia Policía quien se lo había vendido, por lo que no entendía que ahora le reclamasen nada. Al final todo se arregló amistosamente con el pago de 40 bolivianos a la autoridad en concepto de soborno.

Cuando llegamos arriba, nos encontramos con que estaba lloviendo, había una niebla que no se veía a 20 metros y hacía un frío considerable para el que no estábamos preparados. Como pudimos, nos ataviamos con los pantalones, chaquetas y cascos que nos prestaron y nos subimos a las bicis.

Aquí se nos ve aún limpitos y llenos de entusiasmo y nerviosismo a partes iguales:


Tras unas breves instrucciones en algún tipo de dialecto del inglés que nadie entendía del todo, iniciamos el descenso. La primera parte es sobre asfalto y sirve para ir acostumbrándote a la bici. Después empieza lo bueno: el descenso por la "carretera" de tierra.


Lástima que con la niebla no pudimos disfrutar mucho del paisaje, pero en parte se agradecía no ver qué es lo que te esperaba si te caías por el precipicio que había al borde del camino. Además, el mal tiempo le daba un toque extra de aventura al descenso. Ante la adversidad, coraje.


El camino discurre por la ladera de la montaña durante unos 60 km. Con mucho cuidadito fuimos descendiendo a toda velocidad trazando las curvas como mejor podíamos, esquivando rocas, pasando por debajo de cascadas...


Los discos de freno de las bicis echaban humo, literalmente. Nos escurríamos los guantes empapados sobre los discos y el agua se evaporaba en cuanto tocaba el metal.

Pasamos por donde hacía tres semanas se había matado una chica israelí a la que se le empañaron las gafas y no vio venir la curva. La pobre cayó 160 metros montaña abajo. Nos dijeron que desde 2001 habían muerto 27 personas haciendo el descenso en bicicleta.

Al final todos los del grupo sobrevivimos. Era el momento de celebrarlo con una cervecita bien fria. Eso sí, alguno se llevó algún recuerdo en forma de heridas, moratones, sustos...


En definitiva, una experiencia altamente recomendable. Lo pasamos genial y liberamos adrenalina en cantidades industriales. Además nos dieron la camiseta de los supervivientes para poder presumir a la vuelta a casa. ¡Ya me la veréis puesta!

domingo, 2 de mayo de 2010

Las Pampas: un poquito de selva

La siguiente estación de nuestro viaje era una visita a las Pampas del Yucuma, en la selva boliviana. Reservamos un tour de 3 días / 2 noches. De nuestro grupo sólo Christian (el australiano) y yo nos animamos, mientras que los demás prefirieron quedarse en La Paz.

El viaje empezó de forma accidentada, pues teníamos que ir al aeropuerto a las 5 am y no encontrábamos a Christian, que se había quedado dormido en una cama equivocada después de salir de fiesta. No nos quedó otra que irnos sin él.

Cuando vimos el avión nos acongojamos un poco porque era minúsculo y de hélices. Tenía una capacidad para 18 pasajeros. Aunque lo que más miedo da es la pista de tierra y hierba en la que aterrizamos:


Por lo menos en el tour había un par de chicos que conocía del albergue. Son un inglés negro y un australiano blanco, los dos gigantes. Están como una cabra, pero a cambio de servirles de traductor me dieron permiso para llamarles chocolate bear (oso de chocolate) y vanilla bear (oso de vainilla). Quien haya visto Scrubs, lo entederá. Yo tan feliz.

Aquí se ve cómo la barca está ladeada porque estaban los sentados en el mismo lado (primero y último a la derecha):


El día que llegamos navegamos por el río hasta el campamento. Llovió durante 30 minutos como si estuviéramos debajo de la ducha y todas nuestras cosas se empaparon. Aparte de eso, la navegación por el río es espectacular. Pudimos ver cientos de caimanes y cocodrilos, algunos bastante cerca:


Pollo no perdió la oportunidad de demostrar lo valiente que es:


También había multitud de pájaros extraños, tortugas, delfines rosas de agua dulce, una especie de ratas gigantes, monos amarillos...










Como os podréis imaginar, hice millones de fotos.

Por la tarde llegamos al campamento, donde nos esperaba una rica cena. La comida nos ha sorprendido por lo buena, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos en medio de la selva. Los baños eran un poco rudimentarios y cuando se acababa la gasolina del generador, nos quedábamos sin luz eléctrica (a eso de las 10 pm).

Después de cenar fuimos a buscar cocodrilos en la oscuridad. Si apuntas a un cocodrilo con una linterna sus ojos brillan, por lo que es fácil detectarlos. Vimos bastantes ojos brillantes y una colonia de crías de cocodrilo, de unos 10-15 cm. Una monada. Aunque casi lo más divertido eran los gritos de chocolate bear, que se acojonaba cada vez que nos acercábamos a algún bicho. Parece mentira lo grande que es y lo miedica que es.

Al día siguiente nos pusimos unas botas de goma y fuimos a buscar anacondas. Por esa zona hay sólo anacondas "pequeñas", de 3 o 4 metros. Estuvimos unas 3 horas andando por el barro, pero ni rastro de las anacondas. Lo único que vi fue un maldito sapo. Después le saqué a uno de los guías que ahora no es temporada de buscar anacondas y que es prácticamente imposible encontrarlas, pero lo hacen porque a los turistas les hace ilusión.


Por la tarde fuimos a pescar pirañas con anzuelo. Hicimos una competición por nacionalidades para ver quién pescaba más pirañas. Como no podía ser de otra manera, España arrasó con 3 capturas, seguida de Australia y Reino Unido (1 captura cada uno), y Holanda (0 capturas). Y eso que ingleses había tres y holandesas dos.


La sorpresa del día fue que al volver al campamento por la noche Christian nos estaba esperando allí. Por lo visto había perdido el avión por 5 minutos y había tenido que coger el siguiente y llegar al campamento con el grupo del día siguiente.

El último día se suponía que íbamos a nadar con los delfines rosas (además de las pirañas y los cocodrilos), pero no hacía muy buen tiempo y decidimos suspenderlo y volver a pescar. Al parecer los guiris se quedaron con ganas de revancha. Esta vez pesqué también tres pirañas, pero una chica inglesa me igualó. Además pesqué dos peces gato, pero esos no contaban en el marcador.

Sucre y La Paz

Desde Potosí cogimos un autobús a Sucre, la capital judicial de Bolivia. Allí no hay mucho que hacer, aparte de pasear para conocer la ciudad y sus gentes.


Se suponía que uno de los atractivos de la ciudad es su vida nocturna, pero al parecer se limita al fin de semana y nos quedamos con las ganas de tener un poco de fiesta.


Al final Sucre nos dejó un sabor agridulce porque la ciudad es bonita, pero después de todo lo que hemos visto en Bolivia, te sabe a poco.


Al día siguiente partimos hacia La Paz, la capital más alta del mundo. Lo primero que choca de La Paz es que parece encajada en un valle, con ambas laderas plagadas de casas. Entre la altitud y lo empinadas que son las calles, la gente que vive en las laderas deben de ser fantásticos atletas.


La otra cosa que me ha impresionado de La Paz es la cantidad de cocaína que circula. Mucha gente viene y se queda en La Paz exclusivamente para consumir cocaína barata. Diría que los que no tomamos somos minoría, por lo que salir de juerga se hace un poco aburrido cuando todo el mundo a tu alrededor parece un zombi. Una lástima.

En La Paz nos estamos quedando en Wild Rover Hostel, que parece una embajada irlandesa/británica. El sitio está muy bien y tiene un bar irlandés muy animado en el que sirven una comida bastante decente. Eso sí, comida británica. Aquí, si no hablas inglés estás perdido.


Tampoco hay mucho que visitar en La Paz, aparte del mercado de las brujas y la catedral. En el mercado venden fetos de llama disecados. Es un poco asqueroso. A ver si averiguo para qué los venden.

viernes, 30 de abril de 2010

Potosí, la ciudad más alta del mundo


Después de un pesado viaje en bus por las no muy recomendables carreteras bolivianas, llegamos a la ciudad más alta del mundo: Potosí. Está nada menos que a 4.020 metros sobre el nivel del mar. A priori no se nota nada raro, pero cuando subes alguna de las calles cuesta arriba, enseguida te empieza a faltar el oxígeno.

La primera noche salimos a tomar algo y a la vuelta Christian se mareó, se quiso apoyar en las escaleras de una iglesia, perdió el conocimiento y se cayó de bruces en los escalones. Se hizo una herida bastante maja, pero enseguida se levantó haciéndose el machote y regresamos al hostal sin problema. Eso sí, después de que le pasase esto a Christian, que es el que más en forma está del grupo, todos nos tomamos lo de la altitud más en serio.

Al día siguiente fuimos a visitar las minas de plata. Las minas llevan funcionando desde la época colonial y son el motor de la economía de la ciudad. Su riqueza en minerales es el origen de la frase "Héctor vale un Potosí", que tantas veces habréis oído. En la visita se puede comprobar en qué pésimas condiciones trabajan los mineros actualmente, y se puede comenzar a intuir cómo trabajaban en la época colonial española, cuando los mineros estaban durante 80 días dentro de la mina. Ahora permanecen dentro durante 8 horas sin comer y sin usar mascarillas porque les impiden respirar. Que se reúnan a venerar al diablo mascando coca, bebiendo alcohol de 96 grados y fumando dentro de la mina tampoco les debe de hacer mucho bien. En las minas trabajan chicos desde los 14 años y aún hoy la esperanza de vida de un minero es de entre 50 y 55 años.


Cuando se visita la mina, es común llevar hojas de coca y bebida a los mineros. También se puede comprar nitroglicerina para llevar a los mineros o para hacerla explotar. Cualquiera puede comprar todo el explosivo que quiera y por dos duros. Nosotros compramos un poco y el guía nos enseñó a hacerla explotar. Detonamos medio cartucho de dinamita dentro de la mina y uno entero fuera. La explosión de dentro fue la mejor, porque retumbó mucho más. La verdad es que mola explotar cosas. Lástima que no dejen llevar dinamita a casa. Sé que algunos compañeros de trabajo le darían un buen uso.


Después de liberar tanta adrenalina nos llevaron a una laguna de aguas termales, donde pudimos relajarnos cubriéndonos de lodo. Se nos quedó un cutis finísimo.


Pasamos todo el día con un padre y su hijo de 16 años, que eran a cada cuál más personaje. Eran de EE.UU., pero de origen latino, y vivían en Costa Rica. El padre le suministra diariamente marihuana al hijo, amén de otras sustancias ocasionales, pero el hijo fumaba tabaco a escondidas porque eso es malo para la salud. Estaban los dos bastante pasados de rosca. Su intención es acabar su viaje en Suiza, donde pretenden encontrar un tesoro. Incluso les enseñaron el mapa con la X a los más afortunados de nuestro grupo.


En fin, personajes que uno conoce viajando...